La ruta por las aceñas del Duero en Zamora permite descubrir uno de los conjuntos de patrimonio preindustrial más importantes de Castilla y León. A orillas del río se conservan restos de presas y varios molinos de origen medieval que muestran cómo el agua fue clave en la economía local.

En la ciudad destacan cinco paradas históricas: Olivares, Pinilla, Cabañales, Gijón y Los Pisones. Río abajo se encuentran el molino de Congosta y, más adelante, el salto del Porvenir en San Román de los Infantes. Este recorrido refleja la evolución del aprovechamiento del Duero, desde los molinos tradicionales hasta la producción hidroeléctrica.

En este post te cuento la ruta para que la incluyas en tu viaje a Zamora.

Las aceñas se construían con forma alargada, parecida a un pequeño barco de piedra. Se levantaban en medio del río y se separaban mediante tajamares. Estas estructuras ayudaban a romper la corriente y dirigir el agua hacia las ruedas.

El sistema más habitual era el de rueda vertical con eje horizontal. La fuerza del agua empujaba las palas desde abajo. Ese movimiento se transmitía a través de engranajes hasta hacer girar las piedras de moler.

En el interior había dos niveles bien diferenciados. En la parte baja se situaba el mecanismo que transformaba la fuerza del agua en movimiento. Allí se encontraba la rueda dentada principal, que engranaba con un cilindro de varas para transmitir el giro.

En la planta superior se colocaban las piedras molineras. Estas estaban unidas al mecanismo inferior mediante un eje, que solía ser un tronco largo y resistente. El eje conectaba con otra pieza dentada que permitía convertir el movimiento vertical en rotación horizontal.

Gracias a este sistema, la piedra superior giraba sobre la inferior y trituraba el grano. Sobre ella se colocaba una tolva en forma de pirámide. El cereal se vertía en su interior y descendía poco a poco por una canal hasta el centro de la piedra.

En el exterior predominaba el uso de grandes sillares de piedra, combinados en ocasiones con ladrillo. Eran construcciones sólidas, pensadas para soportar la fuerza constante del agua.

Estos conjuntos se situaban en tramos de ríos caudalosos para asegurar el rendimiento. Para dirigir la corriente se levantaban presas o azudas. Estas conducían el agua hasta el punto donde estaban instaladas las ruedas.

Las presas también creaban zonas de agua más tranquila, conocidas como pesqueras. Allí se desarrollaba la actividad pesquera, que generaba ingresos añadidos. El entorno del río favoreció además otros oficios, como el de los curtidores.

El propio cauce formaba arenales y praderas que se utilizaban como pasto. Todo el espacio fluvial se aprovechaba para obtener rentas. No se trataba solo de moler grano, sino de explotar cada recurso del río.

Esta organización muestra el interés económico que despertaban las aceñas. Los propietarios buscaban participar en aquellas paradas que ofrecían mayores beneficios. El río era, en definitiva, un espacio de trabajo continuo y bien planificado.

Su propiedad estuvo repartida entre el rey, la Catedral de Zamora, monasterios y órdenes militares. Controlar estos molinos significaba controlar una fuente básica de ingresos y poder en la ciudad.

Las Aceñas de Pinilla forman parte del paisaje histórico del Duero a su paso por Zamora. Durante siglos estuvieron ligadas al cabildo catedralicio. Al menos desde el siglo XV y hasta el XIX, su propiedad perteneció a esta institución. Como otros molinos del río, generaban ingresos constantes gracias a la molienda de cereal.

Su explotación fue cambiando con el tiempo. En algunos periodos se arrendaron por largos años, incluso de por vida. En otros casos, los contratos eran más breves, normalmente por bloques de nueve años.

En el siglo XIX, con la desamortización impulsada por Mendizábal, pasaron a manos privadas. Desde entonces fueron gestionadas por particulares.

Los pagos podían realizarse en dinero o en especie. Era habitual la maquila, es decir, una parte del grano molido que quedaba como compensación por el servicio.

El molino continuó en funcionamiento hasta la segunda mitad del siglo XX. Esto demuestra la larga vida útil de estas construcciones tradicionales.

Hoy el conjunto tiene un uso muy distinto. En su interior funciona un restaurante. Desde allí se puede contemplar el atardecer sobre el Duero, con vistas abiertas hacia la ciudad.

En la margen izquierda del río Duero, muy cerca del Puente de Piedra, se encuentra este conjunto de aceñas. También se conocen como Aceñas de Requejo. Durante siglos pertenecieron al cabildo catedralicio, al igual que otras paradas del río. Su ubicación era estratégica, en uno de los puntos más activos de la ciudad.

Junto a las aceñas de Pinilla y Olivares, fueron uno de los principales focos de actividad económica de Zamora. Aquí se concentraba buena parte de la molienda de cereal.

Su explotación se organizaba mediante alquileres y cesiones. Estas fórmulas permitían mantener la producción y asegurar ingresos constantes. El volumen de negocio era tan importante que fue necesario regular su funcionamiento.

Existían normas que ordenaban la actividad molinera y garantizaban el reparto de derechos y beneficios. El control del agua y de los molinos era una cuestión clave para la economía local.

El aspecto que presentan hoy es resultado de una restauración realizada en 2003. Gracias a esa intervención, el conjunto pudo consolidarse y conservarse en mejores condiciones..

Las Aceñas de Olivares se sitúan en uno de los tramos más conocidos del Duero a su paso por Zamora. Durante siglos formaron parte del patrimonio del cabildo catedralicio. Al menos desde el siglo XV estuvieron vinculadas a la Catedral. Junto con las aceñas de Pinilla y Cabañales, integraron el llamado Patrimonio Catedralicio hasta la desamortización de Mendizábal.

Entre los siglos XV y XVII existen dudas en su identificación documental. A partir del siglo XVII ya aparece claramente definido el conjunto de Olivares.

En ese momento estaba formado por cuatro aceñas. En épocas de gran actividad se mencionan incluso más referencias, lo que indica una intensa producción.  Las cuatro que han llegado hasta nosotros son Río, Rubisca, Manca y Primera. Sus nombres ayudan a distinguir cada una dentro del conjunto.

Tres de ellas cuentan con el sistema tradicional de rueda vertical, conocido como modelo vitruviano. Era el mecanismo habitual en los ríos caudalosos.

De las cuatro aceñas, tres se adentran directamente en el cauce. La cuarta se sitúa en la orilla, donde probablemente también se encontraba la vivienda del molinero.

A comienzos del siglo XXI su estado era muy preocupante. En el año 2000 presentaban un alto grado de deterioro y abandono. La situación cambió en 2006, cuando el Ayuntamiento de Zamora impulsó su restauración. El proyecto fue dirigido por los arquitectos Pedro Lucas del Teso y Francisco Somoza.

Gracias a esta intervención, el conjunto pudo recuperarse y volver a integrarse en el paisaje urbano. Hoy las Aceñas de Olivares son uno de los espacios más reconocibles del patrimonio industrial de la ciudad.

Las Aceñas de Gijón se sitúan aguas abajo del núcleo urbano de Zamora. Se encuentran en la orilla derecha del río Duero, a unos 1,5 kilómetros del centro. Para llegar hasta ellas hay que tomar un camino de tierra. Sale a la izquierda desde la carretera de Almaraz y conduce directamente al conjunto.

Las primeras referencias documentales datan del siglo XV. Durante siglos pertenecieron al convento de la Concepción. Estas aceñas fueron una de sus principales fuentes de ingresos. Su actividad tuvo un peso importante en la economía local, tal y como recoge el Catastro de Ensenada.

Uno de los elementos más llamativos es el acceso desde la orilla. Se realiza a través de un puente de trazado sinuoso, con cuatro ojos, que aún se conserva en buen estado. También destaca el cañal o pesquera. Esta estructura vuelve a mostrar la importancia de la pesca en torno a los molinos del Duero.

Tras la desamortización continuaron en funcionamiento. Su actividad se mantuvo hasta 1916, año en el que un incendio provocó su abandono.

Las Aceñas de Los Pisones se encuentran a unos 3 km del centro de Zamora. Junto con las aceñas de Gijón, son los únicos conjuntos situados en las afueras de la ciudad.

Su acceso destaca por un puente de piedra que también funciona como aliviadero para el cauce del río. Además, cuenta con un cañal de pesca que termina en una pesquera o azud de más de 320 metros, que canaliza el agua hasta la aceña.

Con el paso del tiempo y la llegada de nuevas maquinarias, las aceñas cambiaron de función. Se convirtieron en una fábrica de harina, conocida como fábrica Los Pisones, que operó hasta 1960. Tras un incendio, la producción se trasladó fuera del casco histórico.

Actualmente el conjunto conserva un cubo principal de grandes dimensiones, donde se realizaban las labores de molienda, y otro más pequeño, que albergaba los pisones.

La ruta de las aceñas en Zamora es un recorrido suave y accesible para todos, con una distancia de 16,2 km y apenas desnivel que la hace ideal para disfrutar en bicicleta. 

El itinerario comienza en la Plaza del Ayuntamiento, desde donde se inicia el descenso hacia el sur por calles tranquilas hasta alcanzar el Bosque de Valorio, un pulmón natural de senderos amplios y sombreados. 

Tras este tramo verde, el camino bordea el río Duero para descubrir primero las ruinas de las aceñas de Los Pisones y, siguiendo la senda, las de Gijón, que aparecen escondidas entre la vegetación de la orilla. 

El trayecto continúa río arriba hacia las emblemáticas aceñas de Olivares, a las que se puede acceder cruzando el cauce en barca o por el Puente de los Poetas. 

Tras visitar este conjunto musealizado, la ruta prosigue hacia las aceñas de Cabañales y las de Pinilla, situadas cerca del Puente de Hierro, para finalizar regresando a la Plaza Mayor en un circuito perfecto que fusiona naturaleza, historia molinera y patrimonio urbano.

Si prefieres descubrir este patrimonio caminando, la ruta a pie de las aceñas ofrece un paseo cómodo y llano de unos 7 kilómetros que abraza ambas orillas del Duero. Partiendo de la Plaza Mayor, el recorrido desciende hacia el río para conectar los conjuntos molineros más espectaculares de la ciudad. 

Mientras que la versión BTT suele alejarse hasta las aceñas de Gijón, la ruta a pie permite centrarse en la visita al Centro de Interpretación de las Aceñas de Olivares y cruzar el Puente de Piedra para contemplar las mejores vistas de la Catedral. 

Es un itinerario ideal para senderismo familiar que se puede completar en unas dos horas, terminando de nuevo en el centro histórico tras recorrer las aceñas de Cabañales y Pinilla.

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